«Que la topetitud no te tope», me dijo riéndose mi amigo, «el negro luz», mientras nos despedíamos en Córdoba, porque yo me iba a trabajar como modelo a Buenos Aires.
El negro es un ser auténtico y alocado, cordobés de pura cepa, con tanto fernet en las venas como sabiduría de vida. Desde el primer instante, te envuelve con su energía y con sus palabras te impulsa hacia un abismo evolutivo. Es de esas personas que aparecen inexplicablemente, y mientras las estás conociendo no te gusta lo que dice pero sabés que tiene razón y que de alguna forma va a ser parte de tu vida para siempre. Como ese sweater tejido color verde que te regalaron, que no te gusta pero lo conservas porque sabes que es un regalo y además el único que te abriga bien.
Así fue que con el tiempo se convirtió en un amigo, un guía, y un compañero a la distancia. Nos vimos poco en los siguientes años, pero hablábamos bastante. A veces pasaban meses hasta que nos hacíamos alguna llamada interminable para actualizarnos sobre nuestras vidas. En esas charlas ocasionales, el negro me hacía siempre la misma pregunta: «¿Ya te topó la topetitud?», e inmediatamente nuestras risas se fundían en una sola carcajada. A mí me parecía irónico, ya que me consideraba excesivamente humilde. Sentía a la frase tan épica, que inclusive la adopté como parte de mi modismo.
Hace poco, en uno de estos llamados, estábamos hablando…no sé específicamente de qué… ¡Con el negro hablas de todo! De política, filosofía, astrología, fotografía, espiritualidad, tántrico, negocios… El negro sabe de todo, hasta de historia rusa. Y si no lo sabe, te lo va a decir de forma tal que vas a terminar creyéndole.
Respiré profundo y le dije: “Negro, sabes qué? La topetitud me topó…». Con su característica poca paciencia, y como si me estuviera tomando lección, casi en un tono altanero me respondió: “A ver, desarrolla teoría tero blanco”. Sabía que me iba a pedir las justificaciones, por lo que tenía muy aceitadas las respuestas en mi mente; entonces comencé con mi soliloquio:
«Para mí, la topetitud me topó el día que cambié mi color de pelo porque me dijeron que con mi corte de cara, rubiecita soy más bonita. Me topó tanto que no recuerdo cuando cambié mis parámetros físicos y de belleza. Me topó el día que dejé de almorzar, y con mate salteaba las comidas que me ayudaban a mantener esa delgadez extrema. Me topó cada vez que sentí vergüenza cuando en un casting medían mis caderas y cómo tenía 92 cms en vez de 90 podía perder un desfile. Me topé el día que no dije nada, y me aguanté algún que otro zamarreo, grito o destrato de productoras, o también el acoso del dueño de una agencia para la que trabajaba. Sentí que la topetitud no solo me había topado. Me había topado, estrolado contra la pared y revolcado el día que me dio ansiedad por no tener un par de sandalias que estaban de moda, cuando mi placard se desbordaba de ropa. Me topó cuando empecé a hablar más de mí misma que lo que escuchaba al resto. Me topó el día que mientras me hablaban de una persona pregunté ¿Cuántos seguidores tiene?. Me topó la vez que dejé de ir a un cumpleaños porque no tenía dinero para el regalo. También, cada vez que postergué ver a mi familia porque tenía que trabajar. Y así, podría seguir enumerando cada vez que sentí que la topetitud me topó el alma y me hice chiquita encerrándome en mis miedos. Después de tantos años, comprendí que en realidad la frase tenía un significado mucho más profundo de lo que yo era capaz de ver. La topetitud no te topa únicamente cuando pierdes la humildad. En mi caso, siento que fui perdiendo paulatinamente mi esencia por cumplir con parámetros ajenos que permití, sin darme cuenta, que otros me impusieran: la industria de la que formé parte, la sociedad, mi familia. Lo bueno es que gracias a esas topadas aprendí el valor real de las cosas, a respetarme y amarme. Gracias a que la topetitud me topó entendí que soy hermosa, perfecta, y bella con mi color de pelo real, mis cejas alborotadas, mis dientes imperfectos…y que soy muy feliz viendo mis cicatrices!»
El negro escuchó en silencio y me respondió, como siempre, con otra frase ocurrente: «Esto es como cuando algún ignorante frita un diamante para ver si le saca más brillo… cuando lo que lo hace increíble, es que brilla simplemente con luz propia. Como vos.»
Como vos, que me estás leyendo…Parece evidente que lo diga, pero: ¡Que la topetitud no te tope! O sí. Y en tal caso, puedas ver el aprendizaje detrás.





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