«Que la topetitud no te tope»: el precio de perder la esencia personal

por Dínorah Alao | Mar 8, 2025 | Reflexiones

«Que la topetitud no te tope», me dijo riéndose mi amigo, "el negro luz", mientras nos despedíamos en Córdoba. Yo estaba a punto de irme a trabajar como modelo a Buenos Aires, y esa frase que en su momento sonó a chiste, terminaría marcando mi vida por completo.

El negro es un ser auténtico y alocado, cordobés de pura cepa, con tanto fernet en las venas como sabiduría de vida. Si leíste mi hilo de sincronicidades y mi experiencia en Dotto Models, ya lo conocés sin saber su nombre: él fue el fotógrafo que entró de casualidad al comercio donde yo trabajaba, me miró fijo y me dijo: "Vos tenés que ser modelo". No solo me invitó a aquel primer desfile que lo cambió todo, sino que me acompañó a las entrevistas para dar mis primeros pasos en Buenos Aires.

Es de esas personas que aparecen inexplicablemente y, mientras las estás conociendo, no te gusta del todo lo que te dicen, pero sabés que tienen razón. Sabés que de alguna forma van a ser parte de tu vida para siempre. Es como ese sweater tejido de color chillón que te regalaron: no te gusta, pero lo conservás porque es un regalo y, además, es el único que realmente te abriga bien.

Una pregunta recurrente a lo largo de los años

Con el tiempo, el negro se convirtió en un amigo, un guía y un compañero a la distancia. Nos vimos poco en los años siguientes, pero hablábamos bastante. A veces pasaban meses hasta que hacíamos alguna llamada interminable para actualizarnos sobre nuestras vidas. En esas charlas ocasionales, siempre me hacía la misma pregunta:

—«¿Ya te topó la topetitud?»

Inmediatamente, nuestras risas se fundían en una sola carcajada. A mí me parecía irónico, ya que me consideraba una persona excesivamente humilde. Sentía que la frase era tan épica que, incluso, la adopté como parte de mi propio modismo.

Hace poco, en uno de estos llamados, estábamos hablando... no recuerdo específicamente de qué. ¡Con el negro hablás de todo! De política, filosofía, astrología, fotografía, tantra, negocios... El tipo sabe de todo, hasta de historia rusa. Y si no lo sabe, te lo va a decir de forma tal que vas a terminar creyéndole.

De repente, respiré profundo, lo interrumpí y le dije: —"Negro, ¿sabés qué? La topetitud me topó..."

Con su característica poca paciencia y como si me estuviera tomando lección, casi en un tono altanero me respondió: "A ver, desarrollá teoría, tero blanco". Sabía que me iba a pedir justificaciones, por lo que tenía muy aceitadas las respuestas en mi mente. Entonces, comencé con mi soliloquio.

Cuando los parámetros ajenos te aplastan el alma

Le expliqué que, después de tantos años, comprendí que la frase tenía un significado muchísimo más profundo del que yo era capaz de ver. Perder la esencia personal no se trata únicamente de perder la humildad o volverse arrogante. En mi caso, la "topetitud" fue ceder, paulatinamente, el control de mi vida a la mirada del otro.

Para mí, la topetitud me topó en todos estos momentos:

  • Me topó el día que cambié mi color de pelo porque me dijeron que, con mi corte de cara, "de rubiecita era más bonita". Me topó tanto que ni siquiera recuerdo cuándo cambié mis propios parámetros físicos y de belleza.
  • Me topó el día que dejé de almorzar, y con mate salteaba las comidas que me ayudaban a mantener una delgadez extrema y peligrosa.
  • Me topó cada vez que sentí vergüenza cuando en un casting medían mis caderas, aterrorizada de que por tener 92 centímetros en vez de 90 me hicieran perder un desfile.
  • Me topó el día que me quedé callada y me aguanté algún que otro zamarreo, gritos o destratos de productoras. O peor aún, cuando normalicé el acoso del dueño de una agencia para la que trabajaba.
  • Me topó, me estroló contra la pared y me revolcó el día que me dio un ataque de ansiedad por no tener un par de sandalias que estaban de moda, mientras mi placard se desbordaba de ropa.
  • Me topó cuando empecé a hablar más de mí misma que lo que escuchaba al resto, y el día que, mientras me hablaban de una persona, mi primera pregunta fue: "¿Cuántos seguidores tiene?".
  • Me topó cada vez que dejé de ir a un cumpleaños por no tener dinero para el regalo, y cada vez que postergué ver a mi familia porque tenía que trabajar.

Y así, podría haber seguido enumerando cada vez que sentí que la topetitud me topó el alma y me hice chiquita, encerrándome en mis propios miedos para intentar encajar en la industria, en la sociedad y en mi familia.

El brillo que no necesita pulirse

Lo bueno de tocar fondo es que, gracias a esas topadas, aprendí el valor real de las cosas. Aprendí a respetarme, a marcar límites y a amarme de nuevo. Gracias a que la topetitud me destruyó los esquemas, hoy entiendo que soy hermosa, perfecta y bella con mi color de pelo real, con mis cejas alborotadas y mis dientes imperfectos... ¡y que soy inmensamente feliz viendo mis cicatrices!

El negro escuchó todo mi descargo en un silencio sepulcral y me respondió, como siempre, con una de sus frases ocurrentes:

"Esto es como cuando algún ignorante frita un diamante para ver si le saca más brillo... cuando lo que lo hace increíble, es que brilla simplemente con luz propia. Como vos."

Como vos, que me estás leyendo del otro lado de la pantalla.

Parece evidente que lo diga a esta altura, pero te lo deseo de corazón: ¡Que la topetitud no te tope!

O sí. Y en tal caso, que tengas la sabiduría y el coraje para poder ver el inmenso aprendizaje que se esconde detrás.

0 Comentarios

Enviar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pin It on Pinterest

Comparte

Comparte este post con tus amigos!

Sí, este es otro cartel de cookies 🙄Ya sabes de qué va esto: no utilizaré tus datos personales, sólo los de medición y mejora web. Aquí puedes ver la Política de Cookies   
Privacidad